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lunes, 27 de enero de 2014

Acabar con ellos



Son seres queridos por todo el mundo, pero a veces llega el momento en el que hay que acabar con ellos. O al menos eso es lo que piensan sus padres, aunque no siempre les resulte fácil matarlos.

Muchos escritores deciden tirar por la calle del medio, y dejan que sus creaciones vivan su vida sin contarnos ni su nacimiento ni su muerte. Nos muestran tan sólo cosas que les ocurren en determinados momentos de sus vidas. El resto lo dejan a la imaginación de los lectores.

Pero otros sienten que el peso de los personajes de ficción que han salido de sus cabezas les está afectando a sus propias vidas. Y es entonces cuando deciden acabar con ellos. Algo que no suele sentar bien a sus seguidores, cosa que Stephen King reflejó perfectamente en Misery.

Como las mejores sagas suelen estar relacionadas con detectives más o menos profesionales, los mejores ejemplos de personajicidio han surgido del género negro o policíaco. Sherlock Holmes o Poirot han sido dos de los personajes más famosos muertos a manos de sus propios creadores.

Camilleri ya ha escrito Riccardino la última aventura de Montalbano. Pero, en palabras del autor, el comisario “no va terminar disparado o jubilado o casado con Livia, como quizás le gustaría a los lectores: hacía falta una idea como las del propio Montalbano para que abandonara el escenario.” Parece que Camilleri va a proporcionarnos un final inspirado en Pirandello o en el personaje de Pató. Un final que espera a ser publicado hasta el momento de su muerte, o cuando “mi Alzheimer sea irreversible”.

Bien sea matando al personaje o bien porque le han puesto fecha de caducidad a la saga (como hizo la Rowling con Harry Potter), los escritores a veces nos privan de algunos de nuestros mejores amigos imaginarios. Aunque no siempre.

Hace poco leía la que pensaba que era la última novela de la pequeña Flavia de Luce. Pero he descubierto dos buenas cosas relacionadas con el personaje. La primera es que Alan Bradley ha decidido ampliar su previsión inicial de seis novelas a diez (y quién dice diez puede decir luego veinte). La segunda es que se va a realizar una serie de televisión sobre la saga de Buckshaw. Así que todavía tendremos a Flavia entre nosotros durante muchos años más.

Puede que a sus creadores les pese el peso de la fama de sus personajes de ficción. Pero todavía no he encontrado a nadie que disfrute con las aventuras de alguno de ellos y se diga: “a ver si esta es ya la última aventura y podemos olvidarnos de ellos.”

viernes, 22 de febrero de 2013

Flavia de Luce


Es curioso lo que enganchan las novelas de Alan Bradley. Sobre todo si pensamos que los elementos con los que están construidas son falsos, artificiosos, increíbles y tramposos. En fin que no cuelan. La Inglaterra de los cincuenta no era así. Las niñas de once años no son así. Los crímenes y misterios que tejen sus tramas son imposibles. Y sin embargo…

Y sin embargo funcionan. Y enganchan. Mucho. El caso es que, aunque sepamos que no existe ni ha existido nunca un lugar como Bishop's Lacey, devoramos las historias de sus personajes. Y seguimos las aventuras y razonamientos de Flavia, como si fueran lo más normal del mundo.

El caso es que siempre me han gustado los escritores que sabían crear mundos propios. Mundos teóricamente reales, pero que en realidad funcionaban con sus propias reglas. Desde Wodehouse a Enid Blyton, al coger uno de sus libros sabíamos de antemano lo que nos íbamos a encontrar. Las historias eran diferentes, pero en el fondo siempre estábamos leyendo el mismo libro.

Alan Bradley nos presentó a sus personajes en The Sweetness at the Bottom of the Pie: Flavia, Ophelia, Daphne, sus padres (el coronel Haviland y la desaparecida, aunque siempre presente, Harriet), Dogger y compañía. Un pájaro muerto, un sello y un viejo compañero del pasado son los elementos que componen la intriga.

Aunque lo de menos, al final, es el misterio. Poco a poco, según avanza el libro, nos damos cuenta de es la pequeña Flavia la que realmente ha captado nuestro interés. El resto es sólo el aroma de un arenque que intenta confundir nuestro rastro.

En The Weed that Strings the Hangman's Bag, A Red Herring Without Mustard y I Am Half-Sick of Shadows, Flavia se pasea por Buckshaw y alrededores, indagando en los misterios del pasado y presente de los habitantes de Bishop's Lacey. Y tratando también de perseguir la sombra de su madre.

Con su quinto y penúltimo libro (al parecer con el próximo terminará la saga), Alan Bradley vuelve a trasportarnos hasta el mundo mágico de Bishop's Lacey. Con su iglesia parroquial, sus viejos Rolls Royce rodando por las carreteras y sus casas señoriales.

Y una vez más, Flavia tratará de resolver el misterio antes de que lo haga el inspector Hewitt. Como siempre, utilizando sus amplios conocimientos de química (sobre todo de venenos) y llevando a Gladys de un lado para otro. Un verdadero gustazo.

Sólo nos queda esperar un año para poder ponerle las manos a The Dead In Their Vaulted Arches. Ya estoy contando los días.