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martes, 15 de octubre de 2013

One Summer: America, 1927



Uno de los placeres de la vida es leer un nuevo libro de Bill Bryson, Los hay mejores y los hay menos mejores. Pero la forma en la que consigue mezclar información y humor a lo largo de sus obras es realmente prodigiosa.

Aunque empezó escribiendo libros de viajes, Bryson se convirtió en un escritor mundialmente famoso hace tan sólo diez años con A Short History of Nearly Everything, un relato ameno y divertido de hasta dónde llega nuestro conocimiento del mundo que nos rodea.

Desde entonces, Bill Bryson nos ha recordado lo poco que sabemos de Shakespeare, ha indagado en los secretos que se esconden entre las paredes de nuestros hogares, ha recordado episodios de su infancia y ha dedicado parte de su tiempo a la lengua inglesa.

Ahora le toca el turno a la historia. En concreto a los años 20. Utilizando el verano de 1927, con el vuelo de Charles Lindbergh y el record de Babe Ruth como elementos centrales, analiza los momentos más destacados de toda una década.

Y no es una época elegida al azar. En esos diez años, ejemplificados en el verano de 1927, América sentó las bases sociales, políticas y culturales que marcarían la historia del siglo XX.

Bryson escribe un libro que es cómo deberían ser todos los libros de divulgación. Y demuestra que para ser entretenido y ameno no hace falta inventarse hechos con los que rellenar los ”huecos” de la Historia. Basta con ser honesto, ver la vida con humor… y saber escribir.

lunes, 19 de noviembre de 2012

De lo nuevo, lo mejor


Sin duda, Jack Schaefer y Kenneth Cook.


Schaefer escribió hace más de 60 años la que está considerada como mejor novela del Oeste. Yo sólo me he decidido un par de veces por ese género escrito (a pesar de mi debilidad por el filmado), por lo que no entro en comparaciones. En cualquier caso, Shane es un modelo de sobriedad. Con las palabras justas, la novela me ha parecido el modelo en el que se basa Cormac McCarthy.


Descubrir a Kenneth Cook ha sido un verdadero milagro. Nunca podría haber soñado que existiera alguien a mitad de camino entre Gerald Durrel y Bill Bryson. Sus koalas, wombats y frill-necked  lizards combinan lo mejor de los dos. Lo malo es que me temo que el resto de su obra no da para mucho más. Creo que lo mejorcito fue autobiográfico, porque aunque de la ficción pura y dura sólo he leído Pig, no me parece demasiado prometedor. Algún día pillaré Wake in Fright, la que todos dicen que es su obra maestra. Veremos.

viernes, 24 de diciembre de 2010

Cadenas de favores

La ópera es como el fútbol. Estás clavado en el asiento durante largo tiempo, aguantando medio dormido las idas y venidas de balones y cantantes adictos a los carbohidratos por el escenario hasta que de pronto, en medio del sopor, surge un breve momento de magia. Pero sólo a veces. Lo normal es que lo único que surja es el tedio.


Y dicho esto, hablemos de magia. De la de Mozart, por ejemplo. Como solía huir de la ópera como alma que lleva el diablo, no conocía hasta hace unos años esta famosa escena (o duettino) de Las bodas de Figaro. Y ¿cómo la descubrí? Gracias a las cadenas de favores. Un día me puse a ver una película, y allí, en medio de la historia, el protagonista pone un disco por los altavoces de la cárcel para llenar a lo presos y la pantalla de un fulgor indescriptible y ligero.



Es lo que pasa con las cadenas de favores. Una obra maestra, como Cadena perpetua (The Shawshank Redemption) nos descubre otra. O un libro de Pennac nos habla de Carlo Emilio Gadda y meses después caemos rendidos con Quer pasticciaccio brutto de via Merulana.


Ya he comentado como, gracias a Bill Bryson, he descubierto escritores como Will Ferguson o W.E. Bowman. A veces han sido personas de carne y hueso las que, con un comentario hecho de pasada, nos han abierto puertas de mundos maravillosos (todavía recuerdo la frase que me abrió hace tiempo la trilogía de Corfú, de Gerald Durrell). A lo máximo que puede aspirar un blog de este tipo es a continuar esas cadenas. Para que no terminen nunca.

lunes, 4 de octubre de 2010

Bill Bryson


"I come from Iowa. Somebody had to." Con esta frase de presentación, Bill Bryson caracterizó lo que luego sería toda su obra. Libros marcados por la mirada de un “pueblerino” de Estados Unidos con un irónico sentido del humor.


Bryson empezó escribiendo relatos de viajes, en el sentido más tradicional de la palabra. En The Lost Continent (1989) cruzaba los Estados Unidos en coche presentando una América muy diferente de la de las películas y series de televisión. A lo largo del camino, Bryson va pasando por lugares que quedan al margen (muy al margen) de las guías turísticas. Todavía sigue siendo uno de sus mejores libros.


En Neither Here Nor There (1991) narraba sus experiencias en diferentes países de Europa, empezando en el cabo Norte y terminando en Estambul. El libro es un poco flojo y deslabazado, pero tiene momentos buenos.


A Walk in the Woods (1998) surge de la idea de seguir a pie uno de los senderos más largos y antiguos de Estados Unidos: el Appalachian Trail. En el libro aparece uno de sus colegas de instituto, Stephen Katz, con el que comparte mucho frío, hambre y penalidades. Para entender mejor la faceta homérica de la empresa hay que tener en cuenta que el sendero de marras tiene más de 3.500 kilómetros (como ir de Madrid a Moscú dando algún rodeo). Y, sobre todo, que los dos amigos han curtido su físico a lo largo de los años tumbados en sofás delante de la tele.


Con Down Under (2000), una version de The Lost Continent en las antípodas, te entran unas ganas locas de salir para Australia. Aquí Bryson está ya en plena efervescencia, y sus reflexiones sobre la historia y paisaje australianos están cargados de ironía.


Sus notas (Notes from a Small Island, 1995, y Notes from a Big Country, 1995) nos ofrecen también una visión socarrona sobre las diferencias de vida entre Gran Bretaña y Estados Unidos. En el primero, del que se hizo una serie documental de seis episodios, narra su primera visita a las islas. El segundo es una recopilación de artículos escritos para un periódico inglés sobre los usos y costumbres de sus compatriotas. Hay que tener en cuenta que en la edición americana del libro (I'm a Stranger Here Myself) es un poco diferente porque omite algunos de los artículos.


Además de sus libros de viajes, Bryson también había publicado varios libros centrados en su propia lengua. Junto con un par de diccionarios sobre palabras complicadillas, los dos mejores son The Mother Tongue (1990) y Made in America (1998). Un poco técnicos, ya que explican el origen de palabras y expresiones inglesas a lo largo del tiempo, pero muy interesantes.


Sin embargo, el libro que le lanzó a la fama fue A Short History of Nearly Everything (2003). Uno de los mejores títulos para uno de los libros más entretenidos si queremos saber en qué situación se encuentran ahora mismo algunas ramas del conocimiento: química, física, astronomía, paleontología…


En la misma línea se puede situar su última obra, At Home: A Short History of Private Life (2010), aunque no es tan original ni interesante. De hecho, parece que hubiera querido exprimir un poco la fórmula con la que ha conseguido tanto éxito.

Bill Bryson también ha hecho dos incursiones en el género biográfico. La primera es una especie de autobiografía un poco surrealista, pero muy recomendable: The Life and Times of the Thunderbolt Kid (2006). La segunda, Shakespeare: The World as Stage (2007), es una visión sobre lo que de verdad se sabe del dramaturgo (no mucho… casi nada) y sobre lo que se ha especulado sobre él (todo lo demás).


Por último, hay dos escritores que he descubierto gracias a Bryson. Uno es W.E. Bowman, autor de The Ascent Of Rum Doodle (1956), una divertida parodia sobre los libros de montañismo. El segundo es Will Ferguson, un escritor canadiense que comparte con Bryson cierto sentido del humor en sus libros de viajes. De los dos libros suyos que he leído, merece la pena sobre todo el que cuenta su viaje a lo largo de Japón siguiendo el florecimiento de los cerezos (Hokkaido Highway Blues, 1998). En el segundo, Beauty Tips from Moose Jaw (2004), nos ofrece varias imágenes de Canadá. Es un poco más flojo, pero tiene momentos en los que me reí a carcajadas.