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jueves, 10 de abril de 2014

Música y videos - We Turn It Up (Oh Land)


Me gustan las cosas alegres. Los libros llenos de frases cargadas de humor. Las series y películas que, por lo menos, tienen un punto de ironía. Los cuadros que me invitan a perderme en la belleza de sus paisajes. Y la música más festiva y vital. Como esta canción.

Muchos piensan que el arte debe sacudir nuestros sentidos y reflejar el dolor, miedo, asco y sufrimiento del mundo. Realismo lo llaman (o cosas peores). Pero lo que yo valoro en el arte son las obras que me recuerdan el más importante de todos los placeres: sentirse vivo.

Disfruto con Wodehouse, Billy Wilder, Iván Shishkin o los Dubliners. Me gustan más los cuentos de Chejov que sus obras de teatro (repletas de personajes amargados). O las canciones que te hacen sonreír. Como ésta de la danesa Oh Land. Una buena forma de ponerse las pilas y darle la vuelta al mal rollo.

Out in the streets I hear the crack of thunder
People keeping low, people searching for some cover
But in my room I hear the sound of trumpets
Leading me through the fear that keeps us in

We turn it up, we turn it up
We don't care what you say
We're coming up, we're coming up
We don't care what you say

Message to the world
Can you feel the heat is rising?
From the heights of above the storm
Can you see the lightning's flashing?

From where I live
I hear the voices join in
Like trumpets through the fear
That used to keep us in

If you're afraid
Fear will only break your heart
If you're afraid
No walls will keep them away

viernes, 15 de marzo de 2013

Sic transit gloria mundi


Al ritmo que van las cosas, cada vez hay más aparatos y cachivaches que desaparecen de nuestras vidas para siempre. O que resisten a duras penas gracias a la nostalgia de gente con tiempo libre y dinero para poder darse sus caprichitos (geeks, hipsters y compañía).

Desde los discos de vinilo hasta las cabinas telefónicas. Rollos de película para la cámara de fotos, consolas de videojuegos, radiocasetes, televisiones con el culo gordo, diskettes, equipos de música con bafles enormes en las esquinas, manecillas de rueda para abrir las ventanillas de los coches.

Algunos de estos cacharros se han convertido en iconos de un servicio aunque ya no existan, como los teléfonos de rueda. Lo mismo que la trompetilla del pregonero se convirtió en un símbolo casi universal de correos.

De la vida secreta de las máquinas de escribir tan sólo nos quedará el cine para hablarnos de ellas. En El resplandor, Jack Nicholson no amanecía más temprano por mucho madrugar (o, en la versión original, de tanto trabajar sin jugar, se volvía un chico aburrido).

En Tienes un e-m@il, el personaje de Greg Kinnear ya era un prototipo de los hipster aficionados a Starbucks que se ven por ahí de vez en cuando. Y hace poco, el marginado de Stephen Chbosky también escribía cartas a su amigo con una de ellas.

Los cuatrocientos golpes, Luna nueva, La lista de Schindler, Misery y cienes y cienes de películas nos dejan el recuerdo de unos cacharros con los que nos encantaba jugar de pequeños.

De todos esos momentos cinematográficos yo me quedo con dos. El primero junta a cuatro verdaderos monstruos del séptimo arte: Ernst Lubitsch, Charles Brackett, Billy Wilder y David Niven. Cuando este último se enfrenta por primera vez a una máquina de escribir en La octava mujer de Barba Azul el resultado es tan grandioso como catastrófico.

Y el segundo es la escena que quizás sea más famosa con uno de estos cacharros. Y lo curioso es que la máquina no aparece por ningún lado. Pero Jerry Lewis dice más con sus gestos que todo un catálogo clásico de Olivetti.