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lunes, 28 de enero de 2013

La fiera de mi niña


Decir a estas alturas que Bringing Up Baby merece la pena es como recomendarle a alguien que se siente a ver la luna llena, una noche de agosto, en un pequeño restaurante a orillas del Mediterráneo y en compañía de la persona que ama. Obviedad es la palabra que estaba buscando.


El caso es que esta película tiene buenos mimbres, y unas cuantas paradojas. Entre los primeros destaca Howard Hawks, el que puede que sea el segundo mejor director que en la historia del cine ha habido (John Ford está un par de pasos por delante).

No cometeré el error de empezar a hacer apología alegremente de Howard Hawks.
Hay gente que a veces se pone a elogiarle en medio de una charla intranscendente y termina publicando un libro de más de mil páginas.


Otro de los mimbres es la pareja protagonista. Desde la distancia, ver juntos a Katharine Hepburn y Cary Grant en un cartel nos evita también hacer un largo panegírico. Bastan sus nombres.

Por otra parte, la película para mi es el mejor ejemplo de la Screwball Comedy. O lo que vienen siendo comedias con personajes excéntricos, ritmo acelerado y situaciones equívocas. No fue la primera ni la última del género, pero quizás sea la que mejor lo defina.


Entre las paradojas destaca el papel de la crítica y público de la época. La película fue un desastre. Tanto como para considerar a la Hepburn como veneno para la Taquilla. (Por cierto, nadie mejor que Katharine Houghton Hepburn para ponerle el artículo determinado delante).

La mala acogida de la comedia llevó incluso a vetar a Howard Hawks para algún proyecto posterior. Menos mal que el veto duró poco.

¿Y quién empezó entonces a reivindicar la película? Pues fue la misma gente que no había ido a verla al cine la que se dio cuenta de lo que se había perdido, cuando la echaron por la televisión. El resto es historia.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Películas - The Quiet Man (1952)


Hay dos películas de John Ford que ocupan un lugar destacado en mi vitrina de películas más- importantes-de-la-historia-del-cine (comprobado: escribir con guiones entre las palabras no sólo es cursi, además es cansado)

Una es Centauros del desierto (The Searchers), la mejor película del oeste del mejor director de películas del oeste que en la historia ha habido.

La otra es El hombre tranquilo (The Quiet Man). La película consigue varias cosas en principio imposibles. A saber:

- Que John Wayne sea totalmente creíble en una comedia romántica.
- Que en Irlanda sólo llueva un poquito (lo justo para darle una nota de color a una escena sentimental en el cementerio).
- Que un grupo de irlandeses católicos (y un cura) vitoreen a un obispo anglicano.


Pero, por encima de todo, Ford nos cuenta una historia sencilla, sobre el retorno a las raíces, la amistad y el amor. Una historia en la que aparecen los mayores tópicos irlandeses: la cerveza y el whiskey, las canciones populares, las peleas a puñetazo limpio, el cura estricto y popular... Con todos esos elementos podría salir una película muy entretenida, pero del montón. ¿Qué es lo que hace de El hombre tranquilo algo realmente especial? Las dos cosas más importantes para que una película sea una obra maestra: sencillez y guión.


De la sencillez y de Ford no hay mucho que explicar. Él rodaba a la primera toma, con la cámara a la altura del hombro, sin alharacas ni efectos especiales. Su cine es el mejor porque no se proponía serlo.

Sobre el guión, tampoco hay mucho que explicar. Frank S. Nugent trabajó con Ford en casi todas sus mejores películas (también en The Searchers). Gracias a él, la película tiene un ritmo perfecto y frases gloriosas para el recuerdo.

Y además de todo, la banda sonora de Victor Young está repleta de melodías y canciones tradicionales que acompañan la acción sin robarle protagonismo.

Para verla una tarde de lluvia junto con Historias de Filadelfia.