Mostrando entradas con la etiqueta Carlo Emilio Gadda. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Carlo Emilio Gadda. Mostrar todas las entradas

miércoles, 6 de febrero de 2013

Quer pasticciaccio brutto de via Merulana



Hay libros que desafían a los lectores. Hay libros que desafían las traducciones. Y hay libros que desafían a todo el que se ponga por delante. Ulises, sería el ejemplo perfecto.

Gadda no es tan críptico como Joyce, pero su forma de escribir es tan personal que hace muy difícil en muchos casos seguir el hilo de sus pensamientos. Si a eso le añadimos un lenguaje en el que se mezclan los dialectos, el cultismo, registros populares y palabras inventadas, el resultado es un verdadero pasticciaccio.

Y sin embargo… Y sin embargo, el resultado puede resultar fascinante. A mí el Ulises no me gusta. Pero su monólogo final me parece hipnótico. De los crímenes de vía Merulana me quedo con casi todo el libro.

Como ejemplo del lenguaje y de los problemas de traducción puede valer la famosa escena de la gallina. En la versión original y en la traducción de Juan Ramón Masoliver:

“Un cioccolatinone verde intorcolato alla Borromini come i grumi di solfo coloide delle acque àlbule; e in vetta in vetta uno scaracchietto di calce, allo stato colloidale pure isso, una crema chiara chiara, di latte pastorizzato pallido, come già allora usava.”

“Un chocolatín chocolatón verde retortijado a lo Borromini como los grumos de azufre coloide de las Acque Álbule; y en todo lo alto un gargajillo de cal, en estado coloidal también, una crema más que clara, de pálida leche pasterizada, según ya usaban entonces.”

En resumen, una caca de gallina.

viernes, 24 de diciembre de 2010

Cadenas de favores

La ópera es como el fútbol. Estás clavado en el asiento durante largo tiempo, aguantando medio dormido las idas y venidas de balones y cantantes adictos a los carbohidratos por el escenario hasta que de pronto, en medio del sopor, surge un breve momento de magia. Pero sólo a veces. Lo normal es que lo único que surja es el tedio.


Y dicho esto, hablemos de magia. De la de Mozart, por ejemplo. Como solía huir de la ópera como alma que lleva el diablo, no conocía hasta hace unos años esta famosa escena (o duettino) de Las bodas de Figaro. Y ¿cómo la descubrí? Gracias a las cadenas de favores. Un día me puse a ver una película, y allí, en medio de la historia, el protagonista pone un disco por los altavoces de la cárcel para llenar a lo presos y la pantalla de un fulgor indescriptible y ligero.



Es lo que pasa con las cadenas de favores. Una obra maestra, como Cadena perpetua (The Shawshank Redemption) nos descubre otra. O un libro de Pennac nos habla de Carlo Emilio Gadda y meses después caemos rendidos con Quer pasticciaccio brutto de via Merulana.


Ya he comentado como, gracias a Bill Bryson, he descubierto escritores como Will Ferguson o W.E. Bowman. A veces han sido personas de carne y hueso las que, con un comentario hecho de pasada, nos han abierto puertas de mundos maravillosos (todavía recuerdo la frase que me abrió hace tiempo la trilogía de Corfú, de Gerald Durrell). A lo máximo que puede aspirar un blog de este tipo es a continuar esas cadenas. Para que no terminen nunca.