jueves, 18 de noviembre de 2010

Escritoras

Si el arte refleja la sociedad que lo crea, lo cierto es que todavía seguimos siendo bastante machistas. No hay muchas pintoras, ni escultoras, ni arquitectas, ni músicas de renombre. No hay muchas escritoras tampoco. Aunque parece que la cosa va mejorando, todavía la mayor parte de las mujeres que se dedican a ganarse la vida escribiendo lo hacen en dos géneros: libros infantiles y policíacos (en todas sus variantes). Tres si tenemos en cuenta el género “chic”. Pero escritoras sin adjetivo, todavía hay pocas.

Y el caso es que les debo mi afición a los libros a dos damas, una inglesa y la otra finlandesa (¿o se dice finesa?).


De Enid Blyton poco se puede decir que no sepa quién tenga más de 30 años. Todos hemos disfrutado con sus series, todos tenemos nuestra favorita (la mía es Torres de Malory, aunque mi libro preferido sea El secreto de la isla). A todos nos ha parecido curiosas las peculiares costumbres alimenticias de los ingleses: pasteles de riñones (un oxímoron para cualquiera en su sano juicio), cerveza de jengibre y cosas por el estilo. Y los festines de media noche.


En su momento, Blyton fue vilipendiada por la crítica. Lo que dice mucho de la crítica, que ahora la toma con JK Rowling. Pero lo cierto es que la autora inglesa está en el corazón de todos los que hemos compartido con ellas muchas tardes (y noches con linternas debajo de las sábanas). Y lo mejor es que su fórmula sigue funcionando con las nuevas generaciones.


A Tove Jansson no la conoce tanta gente fuera de los países escandinavos. Pero todavía recuerdo el día que cogí un libro suyo del bibliobús que paraba los jueves delante de mi colegio. La familia Mumín me cautivó (ya, ya, es una palabra un poco cursi, pero es la que mejor refleja mi relación con el libro). Y cautivo y desarmado me leí y releí las historias de Mumín, Esnorquita y Mauricio cienes y cienes de veces (bueno, a lo mejor sólo fueron quince, pero ya le vale).


Luego vinieron La familia Mumin en invierno, Memorias de Papá Mumin, La llegada del cometa, Una noche de San Juan bastante loca y La niña invisible. Todos tenían el mismo tipo de humor surrealista y aventuras extrañas que me habían gustado de ella. Sin embargo, sus libros son más infantiles que los de Enid Blyton, por lo que al cabo de unos años los fui dejando de lado. Me esperaban Stevenson, London, Kipling y compañía. Muchos años más tarde volví a recordarla con El libro del verano. Un libro adulto y delicioso con toques autobiográficos.

Ahora escritoras como JK Rowling o Cornelia Funke han tomado el testigo de Blyton y Jansson. Están forjando nuevas hornadas de devoradores de papel. Y los críticos siguen ladrando. Señal de que cabalgan. Y al galope tendido.

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